Esta nueva columna busca enriquecer el contenido ya publicado (leer acá), profundizando en dos aspectos que surgieron en el diálogo: por una parte, la necesidad de señalar con mayor claridad el carácter delictual de la provocación de incendios cuando corresponde; y, por otra, precisar que la referencia a los monocultivos apunta a abrir una reflexión responsable sobre la forma de abordar el territorio, más que a responsabilizar a determinadas especies.
El propósito sigue siendo aportar a la conversación pública desde una mirada que combine conciencia, prevención y responsabilidad compartida frente a los incendios forestales y sus consecuencias.
Una columna que se abre a nuevas miradas
Esta columna nace con la intención de enriquecer una reflexión que ya estaba en curso sobre los incendios forestales y sus consecuencias. Surge, además, a partir de dos opiniones que he recibido y que considero valiosas de atender, porque ayudan a profundizar el debate y a evitar miradas simplificadoras frente a un problema que afecta directamente a las personas, al territorio y a la naturaleza.
Decirlo con claridad: provocar incendios es delito
La primera de estas opiniones plantea la necesidad de ser más explícitos en señalar que la provocación de incendios constituye un delito. Es una observación pertinente. Cuando el fuego es intencional, no solo estamos frente a una irresponsabilidad grave: se trata de un acto que tiene consecuencias penales y que pone en riesgo la vida de las personas, de las comunidades y de los ecosistemas. Reconocer esa dimensión es necesario y no puede relativizarse.
Más allá de la sanción: comprender el daño
Ahora bien, afirmar que provocar incendios es delito no agota la conversación. Durante mucho tiempo, el tema se ha tratado casi exclusivamente desde esa perspectiva. Y aunque la sanción es importante, por sí sola no basta para prevenir ni para generar un compromiso real con el cuidado del territorio. Por eso se vuelve necesario innovar en la forma de abordar este asunto.
Los incendios no solo destruyen viviendas o superficies forestales. También afectan a las personas, a los animales silvestres, al agua, al aire y al paisaje que forma parte de la vida cotidiana. Detrás de cada incendio hay comunidades desplazadas, ecosistemas dañados y una pérdida que no siempre se dimensiona en su totalidad. Comprender esas consecuencias es clave para que la responsabilidad no aparezca solo después del daño, sino también antes.
Empatía con la naturaleza: un cambio cultural necesario
En ese sentido, resulta fundamental generar empatía con la naturaleza. No desde una idea lejana, sino desde la comprensión de que el territorio es el espacio donde se desarrolla nuestra vida diaria. Cuando el territorio se daña, la calidad de vida de las personas también se ve afectada. Internalizar esa relación puede ayudar a que la responsabilidad no dependa únicamente del temor a una sanción, sino de una convicción más profunda sobre el cuidado del entorno.
Monocultivos: una reflexión sobre el territorio
La segunda opinión recibida se refiere a la mención de los monocultivos. Aquí es importante precisar algo: la intención no es responsabilizar a determinadas especies forestales ni simplificar un tema complejo. Las especies en sí mismas no son el problema. Lo que sev propone es comenzar a hacernos cargo, de manera responsable, de una reflexión sobre cómo se ha configurado el territorio y cómo se gestiona el paisaje.
Los monocultivos forman parte de la realidad productiva actual, y negarlo no ayuda a prevenir incendios ni a cuidar la vida. Pero reconocer esa realidad no impide abrir una conversación sobre la forma en que se organizan los espacios, la cercanía entre áreas productivas y zonas habitadas, y los aprendizajes que pueden rescatarse de configuraciones territoriales pasadas.
Organizar el paisaje para cuidar la vida
Desde una mirada que entiende que la vida humana y el territorio están profundamente vinculados, se vuelve necesario avanzar hacia formas de organización del paisaje que consideren la seguridad de las comunidades, la diversidad del entorno y la sostenibilidad en el tiempo. Esta reflexión no busca confrontaciones ni culpables únicos, sino promover una mirada más responsable sobre el territorio y su cuidado.
Construir una cultura de prevención
Avanzar hacia una responsabilidad consciente frente a los incendios implica también que la sociedad logre construir una cultura de prevención. El objetivo no es solo reaccionar cuando el fuego ya se ha iniciado, sino hacer posible su no ocurrencia. Para ello se requiere un enfoque integral que combine educación, acción comunitaria y comunicación clara.
La conciencia comienza temprano. La educación ambiental desde la infancia puede contribuir a instalar una cultura de cuidado del territorio y de respeto por la naturaleza. Incorporar estos contenidos en las escuelas y reforzarlos con campañas cercanas a la vida cotidiana ayuda a que la prevención deje de ser un asunto técnico y se transforme en un valor compartido.
Comunidad activa, territorio protegido
El fortalecimiento de las comunidades también es clave. Redes locales de prevención, vecinos atentos a los riesgos, limpieza de vegetación seca alrededor de viviendas y coordinación ante situaciones de peligro son acciones concretas que pueden reducir significativamente la ocurrencia y propagación del fuego.
A ello se suma la necesidad de mensajes claros y permanentes: evitar fogatas en zonas no habilitadas, no arrojar colillas de cigarro, no realizar quemas sin control, no utilizar herramientas que generen chispas en condiciones de sequedad extrema. Son medidas simples, pero decisivas.
Cuidar el entorno inmediato
Reducir la vegetación seca cercana a las casas, mantener espacios despejados y promover especies menos inflamables son acciones que pueden disminuir el impacto de un incendio y proteger a las comunidades. En el ámbito agrícola y turístico, promover prácticas responsables y alternativas al uso del fuego resulta igualmente necesario.
La denuncia oportuna ante la presencia de humo o fuego también forma parte de la responsabilidad compartida. Actuar a tiempo puede evitar tragedias mayores.
De la condena a la responsabilidad compartida
Todas estas acciones apuntan a un cambio cultural. No se trata solo de evitar sanciones, sino de comprender que la prevención de incendios es una tarea colectiva, ligada al cuidado de la vida y del territorio que habitamos.
El propósito de esta columna es aportar a esa mirada. Sin dejar de reconocer la dimensión delictual cuando corresponde, se propone ampliar la conversación hacia la construcción de una conciencia colectiva sobre las consecuencias del fuego y sobre la responsabilidad que todos compartimos.
Un compromiso con el territorio y la vida
Hablar con claridad del delito cuando existe es necesario. Pero generar una conciencia que permita evitar que el territorio vuelva a arder es indispensable. Solo cuando ambas dimensiones —la responsabilidad legal y la responsabilidad ética— se encuentran, es posible avanzar hacia un compromiso real con la naturaleza, con las personas y con el futuro que compartimos.
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