En la Provincia de Arauco, el Estado no suele aparecer como una gran idea. Aparece como una beca, una ración de alimentación escolar, una dupla profesional, una ayuda social, una oficina municipal o un mesón de atención donde una familia vulnerable encuentra la última respuesta posible.
Por eso, cuando desde Santiago se habla de “descontinuar”, “reformular” o “ajustar” programas públicos, la discusión no puede quedar encerrada en el lenguaje de una planilla presupuestaria.
El Oficio N.º 16 del Ministerio de Hacienda no inventa una política: la traduce administrativamente. La orientación estaba anunciada. El programa presidencial de José Antonio Kast planteó un ajuste fiscal de US$6.000 millones en 18 meses, junto con auditorías, reorganización del Estado y revisión del gasto público. Ahora esa promesa empieza a tocar tierra.
Hacienda ha precisado que sus oficios forman parte de una etapa inicial del ciclo presupuestario 2027; que no son decretos de reducción, sino antecedentes para evaluar la ejecución de los programas. Esa precisión importa. Pero también importa lo que la controversia dejó al descubierto: se habló de 142 programas y de un ajuste asociado de $5,4 billones, y la autoridad debió explicar que “descontinuar” no implicaba necesariamente eliminar.
En Santiago, esa diferencia puede parecer técnica. En Arauco, puede ser mucho más concreta. Porque acá un programa no siempre es una sigla ni una glosa presupuestaria. Puede ser una prestación que llega, un equipo que atiende, una escuela que sostiene, una familia que recibe apoyo o un municipio que todavía puede dar alguna respuesta.
Hay, además, una dimensión política que conviene mirar. En la segunda vuelta presidencial, Kast ganó en todas las comunas de la Provincia de Arauco: Arauco, Cañete, Contulmo, Curanilahue, Lebu, Los Álamos y Tirúa. Sus votaciones fueron desde 65,30% en Curanilahue hasta 73,48% en Contulmo. Arauco respaldó ampliamente una promesa nacional de orden, eficiencia y ajuste. Pero toda promesa política tiene una segunda parte menos épica: sus consecuencias territoriales.
No se trata de reprochar el voto ciudadano. La gente vota por razones legítimas: seguridad, cansancio, expectativas de orden, desconfianza hacia el gasto público, malestar con un Estado que promete mucho y llega poco. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando la promesa de ajuste que un territorio apoyó empieza a afectar los instrumentos con que enfrenta su vulnerabilidad?
Porque cuando el nivel central reduce, fusiona o reformula un programa, la demanda social no desaparece. Cambia de puerta. Una familia no va a discutir con Hacienda. Va a la municipalidad. Busca a la asistente social. Pregunta en la Dideco. Llama al concejal. Espera que el alcalde “haga algo”. Y ahí aparece la verdad menos cómoda del ajuste: se decide arriba, pero casi siempre se administra abajo.
En comunas pobres, esa diferencia pesa más. Los municipios de Arauco no operan con abundancia. Funcionan con presión social permanente, baja capacidad de ingresos propios y fuerte dependencia de transferencias. Cada vez que el Estado central reduce o rediseña una línea de apoyo, el municipio queda como amortiguador de último recurso porque está más cerca de la gente.
Ese será también el dilema de algunas autoridades locales que respaldan políticamente la orientación nacional del ajuste. Apoyar la eficiencia en abstracto puede ser cómodo. Explicar sus efectos en la fila municipal será menos cómodo. La lealtad política se pronuncia en declaraciones; sus consecuencias se administran frente al vecino que pide una respuesta concreta.
Nada de esto significa defender todo programa por existir. Hay programas que deben evaluarse, corregirse, fusionarse o terminarse si no cumplen su propósito. La administración pública seria no consiste en proteger inercias. Tampoco consiste en cortar desde una planilla sin preguntarse qué territorio absorbe el costo y qué ciudadanía verá alejarse al Estado justo cuando más lo necesita.
En Arauco, la eficiencia fiscal no puede medirse solo por el ahorro que aparece en el presupuesto. Debe medirse también por la presencia del Estado en la vida cotidiana. Porque gobernar no es solo ordenar números. Gobernar es saber qué no se puede debilitar sin romper el vínculo entre Estado y ciudadanía. Y en territorios como este, ese vínculo no se mide en discursos: se mide en oficinas funcionando, equipos disponibles y respuestas que todavía llegan.
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