Dos historiadores destacados forjaron la memoria de Lebu: Norberto Soto, que impulsó el primer intento serio de reunir antecedentes; y Gregorio Salgado Toledo, cuya investigación del centenario fue publicada y se volvió la primera historia disponible para sus habitantes.
DESARROLLO:
La historia de los pueblos rara vez comienza con la publicación de un libro. Antes de que exista una obra destinada a fijar los acontecimientos del pasado, suele existir una larga sucesión de esfuerzos individuales, investigaciones inconclusas y documentos dispersos que apenas logran sobrevivir al paso del tiempo. Lebu no constituyó una excepción. La construcción de su memoria histórica fue una empresa lenta, sostenida por hombres que comprendieron que el desarrollo material de una comunidad carece de sentido si no va acompañado por la conservación de su pasado.
Las primeras décadas del siglo XX transcurrieron sin que la ciudad contara con una historia escrita. La memoria colectiva permanecía depositada en los archivos públicos, en las páginas de la prensa local y, sobre todo, en el recuerdo de quienes habían sido testigos de la transformación de la antigua plaza militar en un importante centro carbonífero y administrativo de la provincia de Arauco.
Fue precisamente durante las celebraciones del cincuentenario de la fundación de Lebu, en 1912, cuando surgió el primer intento serio por reunir esos antecedentes. El periodista y escritor lebulense Norberto Soto, director del periódico bisemanal “La Verdad”, emprendió la recopilación de documentos y testimonios con el propósito de redactar una historia de la ciudad. La iniciativa respondía a una preocupación poco frecuente para la época: preservar la memoria de una comunidad cuyo desarrollo avanzaba con mayor rapidez que el interés por registrar sus orígenes.
Sin embargo, las responsabilidades periodísticas y las múltiples actividades públicas que desempeñaba entre Lebu y Concepción terminaron por impedir la culminación del proyecto. Como tantas obras históricas concebidas en provincias, aquella investigación quedó reducida a un propósito que nunca alcanzó la imprenta.
Años más tarde, un nuevo esfuerzo alimentó las esperanzas de la comunidad. Manuel J. Sáez, funcionario de la Aduana de Lebu, anunció por medio de la prensa local la próxima publicación de una historia de la ciudad. El anuncio despertó comprensible expectación entre los vecinos, conscientes de la necesidad de contar con una obra que reuniera los antecedentes dispersos sobre el pasado comunal. Pero el proyecto tampoco llegó a concretarse y, con el tiempo, las razones de su abandono terminaron perdiéndose en el olvido.
Hubo que esperar el primer Centenario de la fundación de Lebu, celebrado en 1962, para que la iniciativa adquiriera un carácter institucional. Entre las numerosas actividades conmemorativas organizadas por la comunidad, el Rotary Club de Lebu convocó a un concurso destinado a premiar la mejor investigación histórica sobre la ciudad. La convocatoria reunió a destacados vecinos e investigadores locales, entre ellos el profesor Alberto Zapata Barra, presidente del Instituto Científico de Lebu; Gregorio Salgado Toledo, secretario administrativo de ENACAR; y los profesores Gastón Neira y Gastón Bustos.
El jurado otorgó el primer premio al estudio presentado por Alberto Zapata Barra. Todo hacía pensar que, por fin, Lebu dispondría de una obra histórica de carácter sistemático. Sin embargo, el destino volvió a mostrarse adverso. Aquella investigación nunca fue publicada y permanece inédita hasta nuestros días, constituyendo una de las pérdidas documentales más lamentables para la historiografía de la provincia.
La fortuna fue distinta para el trabajo presentado por Gregorio Salgado Toledo. Aunque de menor extensión y concebido con un carácter más sintético, su investigación logró superar la barrera que había frustrado a sus predecesores. Gracias al interés del director del periódico El Araucano, Mario Guerstein, fue publicada en diciembre de 1966, transformándose en la primera historia de Lebu puesta al alcance de sus habitantes.
Con el paso de los años, aquella modesta publicación adquirió una importancia que excedía con mucho sus dimensiones materiales. Mientras otras investigaciones desaparecieron o permanecieron inéditas, el trabajo de Salgado sobrevivió y pasó a convertirse en la principal referencia para quienes, en las décadas siguientes, emprendieron nuevos estudios sobre el pasado de la ciudad. Conservado en la Biblioteca Municipal de Lebu y en el Archivo del Centro de Documentación Patrimonial, constituye hoy uno de los escasos testimonios documentales de aquella primera generación de investigadores locales.
La importancia de Gregorio Salgado Toledo como historiador no puede comprenderse separada de su trayectoria como ciudadano. Nacido en 1925, en el sector de Pangue, entonces perteneciente a la comuna de Los Álamos, desarrolló prácticamente toda su vida en Lebu, ciudad a la que vinculó su actividad profesional, social y cultural.
Realizó sus estudios en la Escuela Sara de Lebu y posteriormente en el Liceo de Hombres, donde cursó hasta cuarto año de Humanidades. Contrajo matrimonio con Rosa Herta González Contreras, formando una familia con sus hijos Víctor Hugo y Gloria Herta, mientras iniciaba una prolongada carrera de servicio público.
Entre 1948 y 1979 desempeñó el cargo de Secretario Administrativo de la Empresa Nacional del Carbón (ENACAR), período durante el cual la minería carbonífera alcanzó su máxima influencia en la economía provincial. Desde esa posición conoció de cerca las transformaciones económicas y sociales experimentadas por Lebu durante la segunda mitad del siglo XX.
Su participación en la vida comunitaria fue igualmente extensa. Ejerció como Regidor de la comuna, Juez de Distrito Municipal, Presidente de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos, Presidente del Centro General de Padres y Apoderados del Liceo de Hombres, integrante del Comité Asesor Provincial (COAPRO), miembro del Comité "Un Puerto para Lebu" y administrador de la Carbonífera Millalebu. A ello se sumó una destacada labor deportiva como secretario y posteriormente presidente del Club Deportivo Colo - Colo de Lebu, además de una permanente participación en la Primera Iglesia Alianza Cristiana y Misionera, donde desarrolló responsabilidades de alcance local, regional y nacional.
No obstante, la diversidad de sus actividades, fue la investigación histórica la que terminó otorgándole un lugar permanente dentro del patrimonio cultural lebulense. A diferencia de quienes observaron el pasado únicamente como una sucesión de acontecimientos, Gregorio Salgado comprendió que la historia constituía un instrumento indispensable para fortalecer la identidad de la comunidad. Reunió documentos, revisó archivos, entrevistó antiguos vecinos y organizó antecedentes que, de otro modo, probablemente se habrían perdido para siempre.
Su estudio sobre la historia de Lebu, presentado al concurso del centenario, no solo recibió el reconocimiento del jurado. Con el transcurso del tiempo se transformó en una fuente imprescindible para posteriores investigaciones. Buena parte de los estudios contemporáneos sobre la ciudad encuentran en ese trabajo un punto inicial de consulta, entre ellos la obra "Lebu, de la Leufumapu a su Centenario (1540-1962)", de Alejandro Pizarro Soto, que amplió y profundizó la investigación histórica de la comuna.
La permanencia del trabajo de Salgado adquiere aún mayor significado si se considera que es el único estudio conservado de cuantos participaron en el certamen histórico del Centenario. Mientras otras investigaciones desaparecieron con el tiempo, la suya logró sobrevivir, convirtiéndose en un verdadero puente entre los primeros intentos por escribir la historia de Lebu y las investigaciones desarrolladas en las décadas posteriores.
Así, la historiografía lebulense encuentra sus fundamentos en nombres que representan momentos distintos de una misma aspiración. Norberto Soto simboliza el primer impulso por rescatar la memoria de la ciudad, esfuerzo que no alcanzó a materializarse, pero que revela una temprana conciencia patrimonial. Gregorio Salgado Toledo, en cambio, representa la perseverancia que permitió convertir esa aspiración en una realidad documental.
Buscando información en la gran biblioteca de mi papá encontré un artículo publicado en mayo de 1999 por Ronnie Muñoz Martineaux, sobre el historiador lebulense Alejandro Pizarro Soto.
HISTORIADOR ALEJANDRO PIZARRO Y LA DOCUMENTACIÓN SOCIAL
Lebu fue la célula originaria de la industria carbonífera de la provincia de Arauco. Allí nació Alejandro Pizarro, notable historiador que ha dejado un legado de sabiduría y amor a la investigación histórica y de alta condición humana.
Lebulense de corazón, investigador incansable, de rostro sonriente y buscador contumaz de la objetividad en el enfoque histórico, Alejandro Pizarro Soto acaba de viajar al país del nunca jamás para instalar sus archivos en el cielo. El título que ostentaba con legítimo orgullo era el de Hijo Ilustre de Lebu. Junto a ello resaltaba siempre su condición de socio fundador del Centro de Estudios de Documentación Social de la Universidad de Chile.
Hijo y nieto de mineros del carbón y nacido el 3 de marzo de 1923 en Boca Lebu, dejo en 1939 su ciudad natal y se trasladó a la capital. Laboro en variados oficios: trabajador textil; empleado en una industria de plástica; secretario de contabilidad en la Editorial LAR, Literatura Americana Reunida, que anima el notable poeta Omar Lara: empleado del Banco del Estado y funcionario del Museo Histórico Nacional. Fue dirigente sindical y militante de la izquierda. Amo a raudales y tuvo varios hijos, pero su mejor hallazgo fue encontrar a su compañera Marta Millahual, mujer de ternura y coraje incomparables.
El primer libro de Alejandro Pizarro fue “Lebu, De la Leufumapu a su centenario 1540-1962”, obra que ha pasado a ser texto obligado de estudiantes y maestros de la Provincia de Arauco. Trabajo, que podríamos llamar –sin caer en la hipérbole- monumental, ocupo más de treinta años de investigación acuciosa. Ello determina la seriedad de este libro que recoge todo el desarrollo cultural e histórico de esa tierra que fuera escenario de la increíble hazaña de pueblo mapuche, que lucho más de tres siglos contra los intentos de dominación de los hijos del Cid. Tal como se señala en la presentación de la obra: “Este trabajo constituye el único intento serio realizado hasta la fecha por recoger los hechos ocurridos durante los cien primeros años de la ciudad de Lebu y el entorno histórico que lo rodea”.
Para nosotros, el capítulo más logrado del libro es el titulado “El Lafkenmapu y la Guerra de Arauco”: en él se traza un documentado panorama que va desde el descubrimiento de la Provincia de Arauco y del Puerto de Lebu hasta el traslado del Fuerte Santa Margarita a la desembocadura del río Lebu. Se aborda la legendaria resistencia del Estado Indómito de Arauco y se desvirtúan una serie de mitos como por ejemplo que se suele hablar de la “Región de Araucanía”, olvidando el Arauco primigenio, cuyos topónimos simbolizan la heroica resistencia del pueblo mapuche lafkenche, por su derecho a ser libre. Tan cierto es esto que todos los grandes caciques que combaten contra los peninsulares son de la zona de Arauco-Lautaro: Colo-Colo, Galvarino, por mencionar a algunos, son del Lafkenmapu y casi ninguno es de la que se hoy se denomina “Región de la Araucanía”.
Otra obra de gran proyección histórica del Maestro Pizarro Soto es “Balmaceda a cien años de su muerte” editada en 1991.
“El Comodoro Benítez, hombre del destino” es otro serio aporte de Alejandro Pizarro a nuestra historia. Allí deslumbre al aviador visionario, el forjador de nuestra aviación.
Otras obras del Maestro son: “El Mar de Lebu y su leyenda” y con José Luis Pozo como coautor “Chile, de la tierra al espacio”. Dejó inconclusa una biografía del general Diego Aracena Águila y tenía muy avanzado una biografía de Arturo Alessandri Palma.
Pizarro fue, varios años, Secretario de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y Consejero del Instituto de Conmemoración Histórica, y colaboró con el Centro de Estudios de Documentación Social de la Universidad de Chile. Su aporte, seriedad y espíritu prolijo del enfoque histórico fueron reconocidos en todos los centros culturales a los que asistió. En las afamadas Tertulias Menidenses de Santiago, su palabra y conocimientos deslumbraron. No obstante abordar todos los temas con mucha sapiencia, poseía ejemplar humildad. Era se serena actuación en la polémica y pocas veces se apasionaba en la discusión, pues consideraba que la historia tenía que ser objetiva y sostenida siempre por el pedestal de la documentación pertinente. Su mente
Alejandro Pizarro Soto fue acucioso en la investigación y dispendioso en la vida. De risa sonora, afable y siempre lúcido, sabia corregir, muchas veces con pasión, a sus discípulos. A su casa de Conchalí acudíamos escritores y, ensayistas y hombres de prensa para requerirle material de información y documentos históricos. Tenía una biblioteca y un archivo notable, pero lo más encomiable era su memoria prodigiosa que deslumbraba a los amigos y discípulos. Su mente era un verdadero archivo de nombres, datos y fechas del quehacer histórico de nuestro país y del mundo. Ahora nos hemos quedado un poco huérfanos. Dicen que “un viejo que se muere, es como una biblioteca que se quema”. (por Ronnie Muñoz Martineaux).
En cuanto a su obra el poeta Gonzalo Rojas dice que “Lebu, De la Leufumapu a su centenario 1540-1962”:
“Como escritor chileno, reconozco en él no sólo la erudición y la fidelidad, sino la plasmación expresiva de admirable registro. No es frecuente la fluidez y la vivacidad literaria en diálogo con el rigor”. (Premio Nacional de Literatura 1992).
Entre los numerosos antecedentes reunidos durante esta investigación, sobresale una extensa correspondencia sostenida a lo largo de varios años entre don Gregorio Salgado Toledo y don Alejandro Pizarro Soto. En aquellas cartas, ambos intercambiaban documentos, noticias, recuerdos y valiosos antecedentes sobre la historia de Lebu, impulsados por un profundo interés en rescatar y preservar la memoria de su tierra natal.
Ninguno de los dos provenía de los círculos académicos. Eran investigadores autodidactas que, gracias a la constancia, el estudio y una inquebrantable vocación por el pasado local, lograron reunir un acervo documental de notable valor. Los unía, además, un sentimiento común: el entrañable cariño por Lebu, ciudad a la que dedicaron largas horas de investigación y cuyos acontecimientos procuraron rescatar del olvido para legarlos a las generaciones futuras.
Nota del autor:
-El historiador don Alejandro Pizarro Soto solía afirmar que mantenía un vínculo de parentesco con mi madre, Ana Luisa Soto Faúndez, afirmación que ella, en el ámbito familiar, siempre desestimó. Pero cuando visitaba Lebu siempre venía a la casa a saludar y tomar once con mis padres. Más allá de esta curiosa circunstancia, lo cierto es que don Alejandro cultivó una estrecha amistad con mi padre, Mario Garcés Vargas, relación que permitió frecuentes encuentros y conversaciones, en las que la historia de Lebu ocupaba invariablemente un lugar central.
-El periodista y escritor lebulense Norberto Soto Gilabert, que escribía con el seudónimo de Iñigo García, era mi tío abuelo.
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