Serían como las tres de la mañana cuando mi padre me golpeó en el pecho para despertarme; al abrir los ojos lo vi parado al lado de mi cama con el chonchón a parafina en la mano izquierda un poco levantada para prevenir un posible accidente.
Habíamos convenido el día anterior que si despertaba me llevaría a El Porvenir donde vivía mi abuela Aída Olave; el viaje lo haríamos en el camión de El Gitano que pasaría por el camino a las cuatro.
Yo tenía como cinco años de edad, pero despertar, vestirme y estar listo para el viaje fue cosa de un minuto porque era la primera vez que viajaría hasta allá. Mi madre me sirvió un vaso con leche de vaca que había dejado listo al acostarnos.
Mi mamá también me pasó algunos juguetes que llevaría de regalo para un tío que había nacido hacía un par de semanas.
Por el ruido supimos que el camión estaba llegando y tras despedirnos de mi mamá nos encaminamos con mi padre hasta el camino para emprender el viaje.
Nos subimos con mi padre a la carrocería que ni barandas tenía porque era para cargar madera desde los aserraderos existentes por esos lugares hasta alguna barraca de Cañete. Era un camión ya viejo que no tenía ni luces así que el chofer conducía al tun-tun como el mismo decía.
No sé cuanto nos demoramos en llegar y por ir afirmados en el cubrecabina no pude percatarme de los parajes por donde pasamos hasta que mi padre me dijo: ya, llegamos
Nos bajamos del camión y entramos en un sendero por donde solo cabía una carreta con bueyes hasta que de pronto desde una altura vimos la casa de mi abuela Aída; luego entramos a la cocina y mi padre escarbó en la ceniza que estaba cuidadosamente amontonada hasta que aparecieron brasas y tizones semi apagados los que mi padre avivó con leña y unos pedazos de yesca hasta que el fuego renació.
Luego comenzaron a aparecer “los dueños de casa”; primero mi tío Joaquín Fernández Opazo, esposo de mi abuela, luego mi abuela la que no escatimó abrazos y besos al verme y como ya el fuego había crecido desde una zaranda bajó un queso al que le sacó un tremendo pedazo y ensartó en un fierrito que me pasó a tiempo de darme indicaciones como lo derritiera en el fuego.
Luego aparecieron los tíos-primos; primero la mayor Rosita, luego Juan también Tino (Celestino) y Temo (Artemio) con quién teníamos la misma edad así que nos convertimos automáticamente en compinches de todo.
Muchas cosas pasaron durante mi estadía en casa de mi abuela Aída, muchas las he olvidado, así como no recuerdos de cuantos días estuvimos.
Pero recuerdo perfectamente cuando vimos un ternero con Temo y se nos ocurrió colocarle un saco en la cabeza para que se diera golpes contra los troncos esparcidos por las lomas y no pudimos lograr el propósito a pesar de andar todo al día en persecución del mentado ternero porque parece que era mas avispado que nosotros.
O las veces que nos íbamos a tirar de guata en un aserrín que había en un faldeo y que había quedado de un aserradero que estuvo instalado allí. Rodábamos como piedras cuesta abajo sin camisa y muchas veces nos estrellábamos contra los troncos que asomaban entre el aserrín, otras veces había pequeños palos que nos arañaban la piel pero nada de eso nos quitaba el deseo de jugar.
En otra oportunidad salimos al “camino público” y amarramos a Chelo y a Tino a un palo a semejanza de una yunta de bueyes y en el “palo yugo” amarramos otros palos a modo de trozos de madera para arrastrar y nos fuimos por el camino donde según nuestra idea íbamos hacia el aserradero, pero en una curva nos encontramos de lleno con el camión de El Gitano que venía y que estuvo a punto de atropellarnos.
Por la hazaña mi tío Joaquín salió persiguiendo a Temo y a mí mi papá, cada uno con el cinturón en la mano; pero no nos alcanzaron, o bien no quisieron alcanzarnos. Pero en la noche no nos libramos del sermón.
Mi abuela Aída era una mujer formada de manera natural, es decir por una vida dura y llena de sacrificios no obstante conmigo siempre fue una abuela tierna y cariñosa.
Mi abuela ordeñaba las vacas por la mañana y siempre me daba un jarro de leche de esa que llamaban “al pie de la vaca” y cuando estaba haciendo queso me daba suero que según decía me haría bien para no se qué. Y además en cada ocasión que yo aparecía por la cocina me pasaba un inmenso pedazo de queso ensartado en un fierrito para que me sentara al lado del fuego a comerlo derretido.
Realmente no tengo noción de muchas cosas que viví en mi primera visita a la casa de mi abuela Aída como la oportunidad que me llevó mi tío Joaquín a ver unos vecinos y en cierto lugar había un árbol derribado y subiéndose sobre él me indicó que hiciera lo mismo para decirme que esa era la línea donde comenzaba la montaña mostrando el horizonte. Demás está decir que no entendí nada, pero recuerdo perfectamente la ceremonia de mi tío.
Mi tío Joaquín me pidió que ayudara en la lectura a Temo pues estaba un poco lento en eso, así que todas las noches teníamos una mesa y un chonchón aparte para leer y todos escuchaban y ponían atención porque lo hacíamos en voz alta.
También le gustó que yo trataba de tocar la guitarra así que me pasaba una inmensa que él tenía para que tocara y cantara. En realidad yo apenas estaba aprendiendo pero a mi tío le gustaba mucho.
No tengo recuerdos de cuántos días estuvimos con mi papá en el lugar pero llegó el momento de regresar a casa y mi abuela me preparó un bolsito con “manchi” para el viaje.
Recuerdo que esperamos el camión en el camino que venía con madera así que nos instalamos sobre la carga con mi papá .
Hoy al hacer los recuerdos me doy cuenta que ese viaje era muy peligroso porque los camiones por esos tiempos no tenían ningún sistema de seguridad para nadie; con suerte tenían frenos de servicio los que un caso de emergencia cuesta abajo no servían para nada; ni hablar del freno de manos que siempre estaba desconectado.
Llegamos casa casi anocheciendo y yo estuve como un mes contando a mi mamá lo vivido en El Porvenir en la casa de mi abuela.
La última vez que vi a mi abuela Aída fue en el verano 1996 cuando fui a visitarla al sector de La Granja donde estaba viviendo; le gustó mucho conocer a mi esposa y en especial a mis hijos, sus bisnietos.
En otra oportunidad contaré cuando tuvimos que defender las ovejas del cóndor que las estaba “atacando”.
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