En Boca Lebu, un enclave minero de la costa sur, una iglesia levantada con madera y fe fue demolida sin ceremonia en 1913. Sus imágenes sagradas, lejos de destruirse, fueron enterradas: un gesto que transformó el olvido en aplazamiento.
La novela histórica “La iglesia enterrada en Lebu” de Víctor Hugo Garcés Soto sigue la obsesión de un buscador que, a partir de una fotografía familiar y voces fragmentadas, recorre cerros, aprende silencios y descifra huellas mínimas.
Entre 1877 y el presente, la trama cruza la promesa de Maximiano Errázuriz, el trabajo del jesuita Francisco Enrich, la demolición práctica y el hallazgo de un rostro de yeso que reaparece del barro para confirmar que la memoria no se pierde: se resiste.
Más que una pesquisa arqueológica, esta es una indagación ética sobre la frontera entre costumbre y recuerdo, sobre cómo una comunidad elige callar y cómo la obstinación de la memoria devuelve lo oculto sin necesidad de placas ni memoriales.
En Lebu, lo enterrado no siempre está perdido; a veces solo espera. Y mientras alguien pregunte qué fue ocultado, la iglesia seguirá existiendo.
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LA IGLESIA ENTERRADA EN LEBU (NOVELA HISTÓRICA) Víctor Hugo Garcés Soto PRÓLOGO Boca Lebu, sin fecha precisa No recuerdo cuando escuché por primera vez que habían enterrado las imágenes. No fue una historia contada de corrido, sino fragmentos: una frase al pasar, un gesto evasivo, un “mejor no remover eso”. En Boca Lebu, lo enterrado no siempre está perdido; a veces solo está esperando. Mi nombre es Víctor, y durante años creí que buscaba una iglesia demolida en 1913. Hoy sé que buscaba algo más difícil: la línea exacta donde el olvido se vuelve costumbre y la memoria, obstinación. Todo comenzó con una fotografía… Una Fotografía del Álbum Familiar de la Familia Errázuriz (Archivo CDPL) CAPÍTULO I Boca Lebu, 1877–1882 La capilla visible En 1877, una cruz fue clavada en los cerros del sur de Boca Lebu, como si el territorio pudiera ser marcado con un gesto único y definitivo. La misión católica había sido un éxito, dijeron. Maximiano Errázuriz Valdivieso, presente en la ceremonia, prometió una iglesia. Cumplió. La iglesia se levantó con madera del entorno, rápida, funcional, expuesta al viento marino. No fue pensada para la posteridad, sino para el servicio. Desde el mar, su silueta era la primera señal humana antes de tocar tierra. En el verano de 1882 llegó el padre Francisco Enrich, jesuita e historiador. Dirigió la construcción del altar mayor sin dejar planos oficiales. Nadie pensó que harían falta. La iglesia estaba ahí, visible, cumpliendo su función. Las monjas de la Inmaculada Concepción abrieron una escuela. Luego un hospital. La iglesia no era solo un templo: era el centro moral de un enclave minero. Cuando vi la fotografía por primera vez — amarillenta, con una frase escrita a mano en 1894 — nadie imaginó que lo visible podía desaparecer sin dejar huella, y que la fe también podía ser provisional. Y que alguien tendría que buscarlo. CAPÍTULO II Boca Lebu, invierno de 1913 La demolición No hubo documentos oficiales. Solo una orden. Tras la venta de las minas Errázuriz, el nuevo administrador decidió que la iglesia estorbaba. No por razones ideológicas, sino prácticas. Eliminarla era más simple que conservarla. La demolición fue rápida. Primero el techo de planchas metálicas. Luego la madera. No hubo ceremonia ni despedida. Las imágenes fueron retiradas antes. Algunas enviadas a la iglesia parroquial, otras al hospital. Las restantes — nadie quiso hacerse cargo — fueron enterradas. No destruidas. Puestas bajo tierra. Ese gesto me persiguió desde que lo entendí. Enterrar no es borrar: es aplazar. Es dejar algo bajo tierra con la secreta certeza de que puede volver. La iglesia desapareció del paisaje. Pero el cerro quedó marcado.
CAPÍTULO III Boca Lebu, 2004–2016 La búsqueda Buscar empezó a incomodar. A otros, y también a mí. Caminé los cerros con pretextos vagos: paisaje, historia local, curiosidad. Aprendí a reconocer desniveles, piedras fuera de lugar, silencios incómodos cuando hacía preguntas. La gente no decía “iglesia”. Decía “eso”. Mi obsesión tomó forma cuando entendí que no había planos ni registros técnicos. Solo memoria oral. Y la memoria, en Boca Lebu, se transmite como advertencia. Excavé poco. Observé mucho. Cada invierno esperaba la lluvia, como si el cerro pudiera delatarse solo. No buscaba madera ni cimientos. Buscaba una confirmación: que el pasado no se había ido del todo. CAPÍTULO IV Boca Lebu, 2017 La imagen Fue un niño quien la encontró. Un rostro de yeso emergiendo del barro tras un invierno brutal. Sin cuerpo. Sin nombre. Nadie supo identificarla con certeza. La llevaron a una casa. Encendieron velas sin saber por qué. Yo llegué tarde, pero supe de inmediato que no importaba qué imagen fuera. Importaba que había vuelto. Ese rostro confirmó todo. La iglesia no estaba perdida. Estaba suspendida. Como una verdad que nadie quiso administrar oficialmente. Desde ese día, supe que ya no podía dejar de buscar. Entendí que mi obsesión no era arqueológica. Era ética. No buscaba restos, sino sentido. EPÍLOGO Boca Lebu, presente La iglesia sigue sin ubicación precisa. No hay placas ni memoriales. Pero cada cierto tiempo, alguien encuentra algo: un fragmento, una historia, una contradicción. Enterrar fue una forma de olvidar sin destruir. Buscar, en cambio, es una forma de resistir. Hoy sé que no encontraré la iglesia completa. Y ya no importa. Porque mientras alguien camine estos cerros preguntándose qué fue ocultado, la iglesia seguirá existiendo. No en la madera. No en el yeso. Sino en la obstinación de la memoria. Mi nombre es Víctor. Y sigo buscando… |
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