Esta historia me la contó mi padre en esas noches largas de invierno cuando la lluvia inclemente golpeaba las tejas del techo y traspasaba las viejas tablas de 10 x 1 pulgadas de la rancha donde vivíamos; demás está decir que mis oídos no se perdieron detalles del relato y los lugares geográficos están señalados por ademanes donde ocurrieron los acontecimientos.
La imponente figura de mi abuelo se dibujó en la puerta de la cocina que en ese momento era alumbrada y calefaccionada por un enorme fogón ubicado en su parte central rodeado de un anillo metálico para que el fuego no se “arrancara” por el resto de la habitación.
La cocina era amplia, lo suficiente para albergar en un rincón todos los aperos de trabajo, cadenas, combos y cuñas, azadones, yugos y riendas, sierras de aserrío manuales largas y cortas; en otro rincón la "troja" con las papas y sacos de trigo y harina; en el otro extremo todo lo de mi abuela y su cocina, un mueble para la loza y los vasos y finalmente el infaltable saco de sal, sin olvidar la mesa con varias sillas con tejido de ñocha.
Colgada en una cadena enmohecida con hollín que colgaba desde el techo con la tejas también pintadas con el humo de mucho tiempo estaba una olla de fierro de tres patas con la comida preparada para la cena por mi abuela Hortensia.
El rostro de mi abuelo claramente evidenciaba que no venía nada de alegre pues la mueca de disgusto hacía notar que más de alguna rabia había pasado.
El tintinear de sus espuelas marcó los pasos lentos y seguros de un hombre curtido por las circunstancias de la vida que con un vaso de vino calman la sed, muerden los labios y piensan.
Se sentó en su lugar a la mesa mientras mi abuela le servía el caldo preparado con una gallina que tuvo la mala ocurrencia de salir del corral en el momento menos apropiado y que ella en un santiamén sentenció a servir de merienda para su esposo y sus hijos.
La cuchara sonaba en el plato al tiempo que el hombre engullía un trozo de pan rebanado y dispuesto en una panera de mimbre que el mismo había fabricado.
Mi padre acostumbrado a los gestos de mi abuelo supo desde que entró en la cocina que algo se traía entre manos, o en los pensamientos y por eso se sentó frente a él esperando que en cualquier momento soltara en voz alta lo que murmuraba entre dientes.
De pronto fijó su vista en mi padre, un joven de 18 años que cargaba sobre sus hombros la vida dura de gente que se esfuerza de sol a sol y que siempre está en el mismo lugar, no hay avance hacia una vida diferente y que esa misma vida es la que te empuja a batallar cada día aún sabiendo que no podrás torcer el destino.
De su voz gruesa e intimidante salió una frase que fue como un quejido de rabia e impotencia: "se robaron los novillos…los que estaban pa´ la feria de este otro mes" .
Mi papá abrió los ojos en señal de asombro y preguntó a su padre: ¿cómo fue eso? y…¿por donde se fueron?
Mi abuelo sentía una rabia tan grande que hablando entre dientes dijo: yo pasé a ver si tenían agua y forraje entonces vi que cortaron la alambrada y los llevaron hasta el “vao” los metieron al río y se fueron río arriba y lo peor que ya estaba oscuro por eso no los seguí.
Mi padre se levantó de la mesa diciendo “ los voy a seguir, a mí no me hacen eso” – - Déjalos, contestó mi abuelo– te pueden hasta matar.
Mi padre como joven impetuoso y atrevido insistió; los voy a seguir papá, hasta encontrarlos.
Mi abuelo viendo que nada ganaba con insistir calló y contempló como su hijo se preparaba para seguir tras estos cuatreros que no sabía cuántos eran y ese era el riesgo que preocupaba a mi abuelo no por él, sino por su hijo que alocado e impetuoso nunca medía consecuencias.
El temor de mi abuelo es que hubiera sido la pandilla del bandido Fierro que se dedicaba al abigeato por los alrededores y estos tipos eran bastante agresivos con quienes se les enfrentaba pero el muchacho le recordaba a él mismo en la juventud que cuando se le ponía una idea en la cabeza nadie se la sacaba.
Mi abuelo estaba preocupado de que fuera la pandilla del llamado bandido Fierro porque este hombre era su amigo algo que habitualmente mi abuela reprochaba diciendo que de repente por esa clase de amistad se vería en problemas.
Insistió una vez sabiendo que no lograría su objetivo; hijo, déjalos; no te arriesgues innecesariamente, hombre.
El muchacho miró a su padre que ya tenía su cabello blanco pero no dejaba de intimidar con su presencia y su vozarrón; Papá, te desconozco; parece que no eres tú pero no te preocupes, nada me va a pasar y voy a traer los novillos de regreso.
El muchacho (mi padre) caminó hasta una loma cercana y cogió un caballo negro como los pensamientos que cargaba en ese momento, lo llevó hasta la casa lo ensilló y aperó con un bolso de carne seca y una calabaza con agua recién sacada del pozo.
Buscó en una barrica sacando su escopeta recortada que guardaba para “casos especiales” como decía, se ciñó al cinto el cinturón con un revólver Smith-Wesson calibre 38 que había traído mi bisabuelo Tomás Flores cuando fue buscador de oro en California con su correspondiente munición y se las echó hasta el “vao” para buscar huellas de los novillos.
Había luna llena así que la luz de la luna proporcionaba bastante claridad para otear por el posible camino de los cuatreros.
Miró detenidamente la entrada al río y pudo percatarse que los cuatreros eran cuatro o cinco por la cantidad de huellas de caballares en el lugar.
Se metió en las frías aguas contra la corriente porque era donde había lugares para una eventual salida hacia los cerros colindantes.
Anduvo lentamente por el lecho del río hasta que de pronto encontró el lugar por donde salieron los cuatreros con los novillos.
Ciertamente que no había muchos lugares para ocultarse así que en algún punto tenían que salir al camino público porque las lomas existentes estaban cercadas con alambre de púa lo que dificultaba cualquier intento de ocultarse en las arboledas existentes.
Anduvo un trecho por la orilla del camino principal hasta que se dio cuenta que al inicio de la bajada El Avellanal habían cortado unos alambrados y se metieron por entre el follaje; mi padre hizo lo mismo, se sumergió entre las ramas de los avellanos y lentamente comenzó a bajar no sin antes agarrar y amartillar la escopeta por si acaso se encontraba con los cuatreros.
Llegó hasta los humedales cercanos al río Cayucupil donde se encontró con el lavadero de oro de Don Antipas, gran amigo de mi abuelo que hasta el final de sus días buscó oro por eso lugares.
Ya estaba por clarear el día cuando se dio cuenta que desde un “bajón” del terreno emanaba una humareda
“Ahí están, los malditos” dijo entre dientes y para si mismo.
Agazapado, arrastrándose y sin hacer ruido llegó hasta unos troncos caídos donde se parapetó y levantando la cabeza observó el paisaje.
Eran cinco los cuatreros, los novillos los tenían amarrados entre unos chilcos y unas pitras, los caballos estaban pastando un poco mas allá amarrados a unos renuevos de hualles.
Mi padre observó las posibilidades que tenía y pensó para sí mismo “si no es ahora, no será nunca, mierda”
Se levantó enarbolando la escopeta y gritó: Ya hijos de su madre, se largan o los despacho con satanás aquí mismo”
Los tipos corrieron como ratones a guarecerse detrás de una rocas comenzando a disparar hacia mi padre que ya estaba parapetado detrás de los troncos mientras las balas pasaban silbando sobre su cabeza. Mi padre sabía que cuando la bala silba ya ha pasado y no representa peligro alguno.
Asomó un poco la cabeza a la altura de los ojos para ver su entorno y vio que uno de los tipos se estaba arrastrando hacia unos montículos de tierra buscando como sorprenderlo pero antes que llegara al refugio le soltó un escopetazo que dio en sus piernas y los gritos desesperados del tipo fue la música que se escuchó en adelante.
Los otros tipos le gritaban a mi padre palabras de "felicitaciones" y recordando que tenía una madre en la casa y que lo iban a matar.
Mi padre no se dejó intimidar, al contrario les soltó otro escopetazo cosa que le fueron devueltos un rosario de improperios junto a unos disparos sin destino porque el hombre se había cambiado de lugar de escondite.
Al ver los resultados de la sorpresa propinada a los cuatreros mi padre cada vez se arriesgaba un poco mas acercándose peligrosamente tanto que desde donde estaba ahora se le ocurrió la mas descabellada de las ideas y que sino obtenía los resultados requeridos podría tener trágicas consecuencias para él.
Desde su escondite podía ver claramente los amarres de los caballos de los cuatreros así que dirigió los disparos hacia ellos quienes comenzaron a tirar de las sogas en un intento por huir, mi padre les disparaba cerca de los cascos y eso los desesperó que hicieron fuerza y se liberaron huyendo por los faldeos de las lomas colindantes.
Los cuatreros cuando se dieron cuenta de la treta gritaron otros improperios recordando la mamá de mi padre quién les disparó directamente al cuerpo con la clara intención de matar a alguno, todo eso mientras todavía se escuchaban los gemidos del herido.
Mi padre enardecido un poco seguí disparando hacia los cuatreros hasta que de pronto uno de ellos gritó: Amigo, amigo; ¡amigo! por las re...chas deje de disparar.
Mi padre se levantó desde donde estaba escondido ya con el triunfo en las manos y se asomó apuntando con su escopeta hacia los cuatreros quienes también se asomaron sin armas y con claros indicios de derrota.
Mi padre les preguntó: ¿ustedes son la pandilla de Fierro? -- No, amigo; robamos los novillos pa´ venderlos en Cayucupil, ya teníamos el negocio listo.
--Bueno, se acabó el negocio; ahora con las mismas sogas los enyuntan de dos que me los llevo y ustedes ahí verán como se las arreglan con su compañero herido.
Mi padre con aire triunfante salió al camino principal cuando comenzaba a alumbrar el sol y pensando lo contento que se pondría su padre; mi abuelo, comenzó lentamente a subir la cuesta El Avellanal pensando que las cosas o se hacen ahora o no se hacen nunca.
*** SIN COMENTARIOS INGRESADOS***